Podríamos repetir incansablemente que sólo estamos capacitando “mano de obra barata”, si el aprendizaje se redujera a la operación sin comprensión. La competencia debe ser considerada en el mundo académico como una noción que incluye un diálogo de ida y vuelta entre el objeto socio-profesional al que sirve utilitariamente y el objeto de estudio que la provee de significado y sentido. En este tenor, podemos concebir al aprendizaje como un proceso que se genera a partir de una dinámica propia del ser humano en tanto proceso de autoconstrucción de sí mismo. Si este concepto sólo lo reducimos a la incorporación de contenidos provenientes del exterior, entonces para el profesor “chambista” bastaría con saber que la planeación didáctica consiste en pensar qué contenidos va a enseñar y qué estrategias didácticas debe usar para mediar mejor el aprendizaje; bajo esta concepción educativa superficial y generalizada, si los estudiantes pueden reproducir los contenidos en los términos que el maestro dice haberlos mediado, se da por exitoso el proceso.
Por otra parte, podemos argumentar que una de las estrategias más convincentes para la educación en competencias es la del aprendizaje situado, que consiste en ubicar en el lugar donde acontecen los problemas que se quieren resolver, considerando además la significatividad del proceso y el interés del alumno en el mismo, es decir, coloca al estudiante en las situaciones que lo obligan a alcanzar un objetivo, resolver problemas y tomar decisiones. La mediación de este aprendizaje debe generarse considerando los conocimientos que deben construirse a partir conocimientos previos y una zona de desarrollo próximo (la distancia entre el nivel de desarrollo real del niño y el nivel más elevado de desarrollo potencial tal y como es determinado por la resolución de problemas bajo la guía del adulto o en colaboración con sus iguales más capacitados).
Considerando que las competencias no son igual a conocimientos, podríamos retomar la definición de Perrenoud: “definiré una competencia –afirma él- como una capacidad de actuar de manera eficaz en un tipo definido de situación, capacidad que se apoya en conocimientos, pero que no se reduce a ellos”. En una competencia podemos ver conocimientos, valores, habilidades y actitudes con una importancia sustantiva como atributos intrínsecos. Para Perrenoud las competencias de un profesional o experto, “van más allá de la interpretación operatoria, se basa en modos heurísticos o analogías propias de su dominio, en formas de pensar intuitivas, en procedimientos de identificación y resolución de cierto tipo de problemas, que aceleran la movilización de los conocimientos pertinentes y su transposición y sirven de base a la investigación y la elaboración de estrategias de acción adecuadas”. Así, el grupo de docentes del ITESO define que “Competencia es la capacidad para movilizar saberes en un contexto determinado, en la acción y con éxito, para satisfacer necesidades, atender situaciones, resolver problemas, tomar decisiones y/o lograr objetivos”.
De esta manera, podemos afirmar que el reto de poder situar el aprendizaje no se resuelve únicamente reduciendo tal noción a la trivialidad de situar una acción de aprendizaje en un ámbito concreto de problemas. Al menos estas otras dos dimensiones intra-psicológicas deben ser consideradas. Es importante ubicar el corazón del proceso de enseñanza-aprendizaje en la acción, pues es en ella que la construcción de conocimientos se garantiza al poner en conflicto cognitivo la organización de los esquemas de entendimiento de la realidad que todo estudiante tiene como estructura fundamental para orientar su propia y muy personal adaptación a la vida.
